PARTICIPACIONES

He decidido adherir a la publicación de algunos de mis escritos en la página: www.tuloescribes.com.ar






Allí lo hago bajo el seudónimo: ODERFLA.



Agradeceré sus comentarios.


Después de mucho tiempo, vuelvo a publicar en el Blog. espero comentarios, opiniones, críticas, etc.




jueves, 25 de febrero de 2010

BRILLO DE LUNA


Autor: Alfredo Rafael MORS - Concepción - Pcia. de Tucumán
"Una mirada no dice nada y al mismo tiempo lo dice todo..." Carlos Varela


Luz pálida de luna
iluminaba la escena.
Tu rostro, de tenue blancura
reflejaba aquella palidez.
Tus ojos de oscuro color
replicaban aquel esplendor.
Tu mirada clavada en la mía,
tu rostro clamando respuesta,
respuesta que no encuentro,
respuesta que baja mi mirada,
respuesta que callo porque quema
como fuego de mil soles.
Pero hoy no hay sol.
El brillo sólo es reflejo de luna.
Un nuevo brillo,
un reflejo que brilla cual perla.
Tu interrogante ya encuentra
respuesta que no te dí,
respuesta que callé.
Interrogante y respuesta se funden
en ese brillo singular
que se desliza sin prisa,
que corre sin pausa
nublando tus ojos,
surcando tus mejillas,
con brillo de luna
marcando tus lágrimas.
La imágen que acompaña este texto, ha sido tomada de páginas de imágenes publicadas en Internet. Ignoro quien es su autor, a quien respeto y agradezco haberla puesto disponible.

jueves, 18 de febrero de 2010

TITICO EL PERIQUITO




Autor: Miguel VALLE - Córdoba
Estimado lector: En este aparente cuento nada es lo que parece. Su Autor ha apelado a la sustitución de personas reales, por animalitos... y los objetos, por otros de su imaginación. Si lo haces, la situación es aplicable a relaciones humanas. Fino humor!! que lo disfrutes. Alfredo Mors.

Titico era nuestro periquito, de verde plumaje y de inculto lenguaje. Llegó un día a casa, quien sabe desde donde, con alas muy cansadas y el hambre de dos hombres.
Papá, que es carpintero, le fabricó un lorero, con todo lo preciso, para el genial Titico. Y allí pasó los días, en nuestra compañía, repitiendo casi a diario, algún nuevo comentario.
Mamá, que es enfermera, le brindó muchos cuidados, en otoño, en primavera, en el invierno y el verano. Y así pasó los días, nuestro amigo el gran Titico, y a todos nos parecía, el más lindo periquito.
Al parecer no compartían, de este buen concepto, mi gatita Sofía y nuestro perro Prudencio. Estaban muy celosos, ya que la algarabía, era el nuevo avecilla, que hasta cantaba de gozo.
Cuando papá volvía del trabajo, Titico batía diez aletazos, movía su cabeza de lado a lado, y daba vueltitas para festejarlo. Luego parlaba como para asombrarlo, diciendo que el clima estaba algo templado, que el euro y el dólar estaban bajando y que Navratilova era buena en el piano.
Cuando mamá estaba en la cocina, Titico gritaba: _¡ sin ajo y sal fina!, ¡la papa está dura!, ¡la carne está oscura!, ¡el postre está verde!, ¡¿qué quieres hacerme?!. Mamá lo calmaba con algo de agua y caricias al pico del buen periquito. Sofía miraba, Prudencio ladraba, y yo hacía barquitos y algún avioncito...
Un día de verano, papá llegó mojado, porque caía una tormenta con rayos y centellas. Ese día no se oía: los alegres aletazos, ni palabras del mal clima, o del dólar, o el trabajo. Papá se fue a su cuarto a ponerse ropa seca, y no hizo gesto ni pregunta de la emplumada ausencia.
Mamá volvió de compras y se puso a hacer la cena, y me dio un par de bolsas de la comida MASCOTAS CREZCAN. La serví en los dos platos, el de Sofía y el de Prudencio, y el perro a poco rato no dejó rastro del alimento. Sofía no probó nada, estaba echada y algo redonda... se veía muy relajada, como preñada sobre su alfombra, levantó su blanca cabeza, me miró y me guiñó un ojo... y dio un maullido breve y le pude ver los bigotes verdes.

sábado, 13 de febrero de 2010

Mi Niño

Autor: Alfredo Mors - (escrito en Córdoba-Año 2008)
Lector o lectora amiga, he querido incluir esta poesía que te parecerá quizás muy personal. La misma surgió del recuerdo imborrable, permanente, de mi hijito menor: Francisco Javier Mors.


Mi niño se ha dormido
en el cuenco de tu mano,
¿Que poder sobrehumano
te llevó, hijo querido?

Mi niño se ha dormido
y he quedado desolado,
cuanto sueño desvelado
en vacío lecho de nido.

Mi niño te has dormido
en suave cuna de nubes
será que así tú subes
al amor del más querido.

Mi niño te has dormido
eres Francisco Javier,
yo te busqué por doquier
y estabas en un sonido.

Ya mi tiempo he consumido
volverás en tenue brisa,
¿Por qué con tanta prisa
mi niño te has dormido?



Agradezco especialmente a la Diseñadora Gráfica Carolina MOINE, de Córdoba, esta imágen, en la que ella interpreta que son las manos de Ntra. Señora, quienes llevan este hijito al Cielo.

viernes, 12 de febrero de 2010

LLAMADAS EN LA LLUVIA

Autor: Alfredo R. MORS - Concepción-Tucumán

(Este cuento fue escrito en 2008, en el marco del Taller Literario de "Hospedería Padre Alberto Hurtado" de Córdoba, dirigido por las Lic. Mariana Valle, Laura Herrero González y Srta. Eugenia Tale, a quienes nuevamente agradezco su aliento para continuar en esta labor)

Caía una fina llovizna en esa tarde gris de otoño. Amalia se encontraba sola, como tantas veces en el último tiempo, en su departamento en el que había vivido casi desde que tenía memoria.
Estaba en ese cuarto que le servía de lugar para encontrar el reposo en las lecturas, en las que buscaba y a veces encontraba, alguna punta al ovillo en que se había convertido su vida y que muchas veces la sumía en una profunda melancolía.
Sentía que, con sus 40 años, se encontraba en un particular momento de su vida, luego de haber concluido la relación que mantuvo con Esteban, casi desde que eran adolescentes, cuando lo había aceptado a él en ese que fue su despertar al amor.
Dejó junto al sillón el libro que estaba leyendo y comenzó a mirar hacia la ventana, cuyas cortinas se encontraban descorridas, dejando ver los cristales en los que se iban deslizando suavemente, pequeñas gotas de agua de la persistente llovizna.
La llovizna, la lluvia y ella con sus recuerdos, especialmente de aquella despedida que la separó de Rodolfo, Melancolía asociada desde aquel momento, a la particular atmósfera generada por la llovizna.
Suena el teléfono. No esperaba ningún llamado en particular, ya que había restringido sensiblemente sus relaciones, como si buscara en la tranquilidad de los rincones conocidos de su hogar, una cierta sensación de paz.

Atendió el llamado. _Hola, ¿quién habla?
Del otro lado solo se escucha algo como una respiración y un raro silencio.
Vuelve a preguntar: _ ¿Quien habla?
De nuevo silencio y un cortarse de la comunicación.
No entendía que podía ser ese extraño llamado. Pensó quizá en una broma de mal gusto o en alguien que esperaba una respuesta distinta. No podía imaginar quien, de los que tenían su número telefónico, podía estar actuando así.
Volvió junto a la ventana. Continuaba cayendo una fina llovizna. Miró hacia la calle, dos pisos más abajo. Muy pocas personas se divisaban a esa hora desapacible.
Una silueta con impermeable y paraguas, dejaba la cabina de teléfono público ubicada en la vereda de enfrente, casi llegando a la esquina.
Algo en su modo de caminar o en su porte le resultó vagamente familiar o al menos conocido, pero no podía ser. Sabía que él se había radicado en la Capital hacía de esto mucho tiempo, cuando comenzó a trabajar como ingeniero de planta en aquella industria y luego supo que se había casado.

En eso le pareció que la figura en cuestión, se daba vuelta y elevaba su mirada hacia su ventana. Fue un leve gesto velado a la distancia por la bruma de la llovizna.
¿Sería posible? ¿Después de tanto tiempo? Volvió a pensar en el llamado. ¿Sería él? Y entonces... ¿por qué no se dio a conocer?
Los recuerdos volvían en torbellino sin ser llamados. Aquella placita del barrio con juegos infantiles, el tobogán, los sube y baja pero por sobre todo, las hamacas. Aquellas en que había experimentado, junto a Rodolfo, la sensación de volar.
¿Por qué justo hoy cuando acababa de cumplir los años hacía menos de una semana?
Fijó la vista en los cristales de su ventana. Las pequeñas gotas se deslizaban formando dibujos desiguales, juntándose y alejándose alternativamente, fdejando finos trazos.
Así, como finos trazos de lluvia de lluvia en un cristal, se mostraban sus recuerdos. Dos gotas de agua que un día se juntaron e intentaron un viaje o vuelo de hamacas, hasta que, casi en un instante, comenzaron caminos divergentes.
¿Sería efectivamente él? ¿Por qué no se dio a conocer en el llamado? ¿Qué ocultaría?
Rodolfo había vacilado. En el momento de escuchar nuevamente a Amalia después de tanto tiempo, había vacilado. No había encontrado palabras para darse a conocer y así restablecer una comunicación interrumpida, hacía mucho tiempo.
Al menos, eso sí, la había escuchado. Era su misma voz que aún resonaba en sus oídos, como un eco manifiesto de sus propios recuerdos.
Había caminado varias cuadras desde aquella cabina telefónica próxima al edificio donde, hoy había podido confirmarlo, ella continuaba viviendo.
Decidió regresar. La lluvia continuaba mojando las calles, veredas y árboles. Caminó cavilando y pensando como sería restablecer una comunicación cortada hace tiempo.
Una gota de agua se deslizó por el borde de su paraguas. Había sido muchas las que así habían caído en esa particular tarde. ¿Por qué fijarse hoy en esta?
Hace tiempo, otras gotas, otra lluvia. Un despedirse con un suave beso y tantos besos que quedaron guardados y no compartidos, bajo aquella lluvia que los vio alejarse como gotas de agua que se deslizaran separándose en trazos diferentes, sobre los cristales de una ventana.
Llegó a la cabina telefónica. Marcó el número que, ahora sabía, continuaba siendo el de ella. Esperó lo que le pareció una eternidad. Uno, dos, tres, cuatro veces sonó el teléfono antes de escucharse:
_ Hola ¿Quién habla?
_ ¿Amalia? Soy Rodolfo.
_ ¿Donde estás? ¿De donde estás llamando? Hace tanto tiempo que no sabía de Vos...
_ Estoy aquí, casi frente a tu casa. ¿Podré verte?
_ Puede ser. No podía creer que fueras Vos. Ya bajo.
_ Te espero.
Amalia buscó su impermeable, de un suave mostaza y su paraguas al tono y bajó. Él se encontraba parado mirando como ella iba a su encuentro, bajo su paraguas negro.
Continuaba cayendo la fina lluvia.
Ambos caminaron lentamente, como contemplándose primero desde lejos. Las gotas de agua caían lentamente de sus paraguas. Se pararon muy cerca. Se miraron. ¡Hacía tanto tiempo! Se encontraron. Dos paraguas empezaron a moverse muy juntos, alejándose, mientras de ambos caían pequeñas gotas de agua que iniciaban, ahora sí, un nuevo viaje.

Agradezco especialmente a la Diseñadora Gráfica: Carolina MOINE, CÓRDOBA, por esta imágen que es su interpretación del cuento

jueves, 11 de febrero de 2010

COMPLICIDAD DE ÁRBOL

Autor: Alfredo R. MORS - CONCEPCIÓN - TUCUMÁN

Volví a caminar aquellas calles de la infancia. Muchas habían cambiado para no volver ya más a aquella sensación de pequeña aldea de barrio que se iba transformando en la gran ciudad que hoy vemos, vivimos y a veces nos cobija o abruma.
Esas mismas calles, antaño adoquinadas o con tramos de simple tierra apisonada o enarenadas, que me vieron pasar camino a la escuela o a jugar en tantos baldíos, que eran casa, escuela de vida y potrero.
Cerca de uno de esos baldíos, quizás de los más grandes, transformado en paseo público abierto a una de esas calles que tantos recuerdos traen, crecía un árbol añoso. Quizás será por curioso que pensé si estaría. También si sería, hoy como ayer, confidente, protector y cómplice de algún chiquillo enamorado.
Digo esto porque el árbol fue a la vez, casa en las alturas insondables de sus ramas, para aquella escala de niño que lo veía como trampolín de sueños, para elevarse y así alzarse a la altura de las nubes y otras veces cobijo de sombras densas donde reposar de los calores, después de ganar en el potrero.
Con el tiempo fue cómplice y confidente de aquellos encuentros furtivos con ella, en ese despertar temprano de tiernos amaneceres al amor y allí a su calor y su protectora sombra nos vio tantas veces, soñar con ser y crecer.
Fue ese mismo árbol quien prestó, a mis manos su tierna corteza, admitiendo compartir y quizás recibir en su corazón generoso, aquel otro corazón con sus iniciales entrelazadas con las mías, como si con esto quisiera compartir nuestro secreto.
El cortaplumas de mi viejo, hurtado en un descuido, fue el instrumento para plasmar el intento de eternizar lo deseado y así dejar plasmado en tierno símbolo, la plenitud de un sentimiento.
Viejo árbol de mi infancia. Hoy te busqué por el parque en que transformaron mi baldío a ver si así encontraba aquél símbolo primero.
Estabas allí, casi igual. Ahora custodiado por otros de noble estirpe y con nombres latinizados. Vos te destacabas por tu rusticidad, que alguien con mucha bondad, consideró tu mejor virtud, sin conocer quizás toda la vida que atesorabas.
Recuerdo de infancia. Al verte volvían aquellas imágenes que resultan imborrables. Aquella cicatriz que dejó en tus brazos muñón, cuando sin razón, nos trepamos a tus tiernas ramas, un puñado de mocosos, que recibiste generoso en tu cuerpo leñoso, salvo que nuestro peso, quebró aquella rama.
Me aproximé a mirarte, ahora con detenimiento. También Vos estabas, un tanto arrugado. Tu piel de corteza evidenciaba como remedo, el mismo paso del tiempo que en mí había incidido.
Cerré los ojos y te palpé, como buscando el consuelo de encontrar aún guardado, aquel secreto de infancia. De pronto sentí, como flechazo profundo, que la punta de mis dedos había releído, ahora casi desleído, aquel símbolo preciado.
Allí estaba el corazón, en mi adolescencia trazado, con incisas señales en tu cuerpo y que conservaste guardado, durante todo este tiempo. Iniciales de nuestros nombres, entrelazadas con pudor, para ocultar el rubor con que grabé tu corteza. Hoy tengo certeza que cuidaste la promesa que en tu cuerpo grabé. Será que así guardaste, el testimonio perpetuo de aquel amor que evoqué.


Agradezco especialmente a la Diseñadora Gráfica: Carolina MOINE, CÓRDOBA, por esta imágen que es su interpretación del cuento.

miércoles, 10 de febrero de 2010

EXPUESTO

AUTOR: Marcelo Gastón VÉLIZ - CONCEPCIÓN - TUCUMÁN
Incluí este cuento de un amigo Tucumano. Espero les guste. Son quizás expresiones diferentes que merecen conocerse.

Todo parece pixelarse de rojo, no hay lugar donde este color pueda ausentarse. Miro fijamente la pared blanca y no dejan de mostrarse, cada vez que quiero esquivarlos, ellos vuelven a encontrar mis pupilas. Decidí cerrar los ojos y encontré su misma expresión, casi distraída, similar a la mía. No creo que sea el destello que busco. Abrí nuevamente los ojos y me invadieron sin pestañear. Cerré los ojos y mentí… ¡voy a abrirlos ya mismo! Efectivamente, fue tal la braveza con la que lo dije, que me convencí de que sí los tenía abiertos.
Salí de allí tambaleándome hacia unos escondrijos y sin contar las baldosas; era más importante que seguir siendo el distraído que juega a tener todo bajo control. Entonces alguien me dijo: ésa no es la manera de tener todo bajo control. Yo entendí: busca la manera correcta de controlar todo. Solía cumplir a la perfección los deseos de esas voces. Siempre con esa manera exclamativa de sugerirme puros antojos.
Me encontré en un lugar sereno donde pude esquivar los fantasmas que me atacan. En ese mismo lugar decidí quedarme hasta que ellos desistan de su accionar. Pasé mucho tiempo allí, alejado de la cotidianidad, rogando que no me encontraran. No tuve más alternativa, que resguardarme en ese aislado y desconocido, pero a la vez benigno lugar.
Ya en vísperas de una nueva primavera, solo dejo que el aroma de azahares invada el jardín que aún siendo invierno ya había anticipado su colorido con armoniosas mañanas, envueltas de colores radiantes. De pronto todo comienza a opacarse, los colores no son los mismos, el aroma pareció esfumarse. Esa es la señal de que una suerte de maleficio acecha mi presencia, contando detalle por detalle la carta de augurios que me deparan las próximas horas.
El encuentro se hace inconfundible. Esta moviéndose, parece flamear como una llama poderosa que me atrae a su lugar y mientras todo se tiñe de rojo sangre, voy deduciendo como esa cautiva fuerza que alguna vez cedió, consigue atemorizarme.
Impetuoso acomete su presencia. No será nada fácil poder defenderme. En su posesiva arremetida intenta derrumbarme incansablemente hasta saciar su sed de venganza, la ira que lleva en sí mismo. Sé que no debo caer. Su tentativa de dejarme vencer denota su estrategia. Ahora convencido de su manera de jugar, comprendí como escapar de sus garras. Brotan sus maldiciones, enfurecido con su mismo ser, sus estruendosas llamas comienzan a debilitarse como un alma sin fe.
Ya en su caída inminente, le doy la espalda sin escapar. En medio de la neblina persigo un haz de luz que me sitúa en un angosto pasaje por el que camino acompasado con la sombra erguida hacia la izquierda.
De ahora en mas sólo son recuerdos que se asoman a mi memoria, como si fueran manos que me toman del hombro y me hacen voltear la mirada hacia un tiempo atrás, en el que me encuentro tan expuesto a la sorpresa del azar, como quien escribe una historia sin saber cuál será su final.



martes, 9 de febrero de 2010

LA ENAMORADA DEL BALCÓN

Autor: Alfredo R. MORS - CONCEPCION - TUCUMÁN

Por que fue que fui aquel atardecer a donde fui y porqué ví lo que ví, tan luego yo que soy un escéptico en temas de misterios, no lo sé.
La cuestión es que no pude reprimir un algo que me decía interiormente que debía ir por ese camino, un tanto olvidado, de la villa serrana y tomar hacia una pequeña colina, pasando para ello por una senda casi perdida, entre los altos yuyos que crecía, a sus costados y lo descuidada y casi perdida huella, entrecortada por el escurrir incontrolado de las aguas de lluvia, que la habían ido carcomiendo.
A mitad de la senda, un viejo portón de hierro forjado con unas iniciales en la parte superior: E y A entrelazadas con artístico dibujo. El portón no tenía traba ni candado y sus bisagras chirriaron con metálico sonido ante la presión de mis manos.
Desde esa posición, se entreveía, casi al final de la senda, una construcción, a modo de pabellón de dos plantas, con techos cubiertos de tejas francesas.
Continué caminando, viendo y entreviendo el pabellón, entre las hierbas crecidas y los árboles que ahora bordeaban la senda, que se adivinaba había tenido otras dimensiones ya perdidas y que éstos árboles le daban el marco a ambos costados.
Al aproximarme al pabellón, una casona bastante espaciosa, vi que en medio del mismo, en la planta alta, se abría un balcón con balaustrada de pequeñas columnas redondeadas, semejando una sucesión de jarrones estilizados.
Al llegar a pocos metros de la casona, algo me hizo dirigir la mirada al balcón. Allí al instante vi aparecer. Sí, aparecer, porque les aseguro que antes no estaba, una mujer con un largo vestido blanco con falda amplia, como de fiesta, y que ahora se me antojaba que brillaba con fulgor propio.
Era una joven mujer, con sus brazos descubiertos y sus manos apoyadas en una semi tensión, sobre el borde superior de la balaustrada del balcón. Sus largos cabellos negros enmarcaban su rostro, que a la distancia, se adivinaba o percibía más allá de los sentidos, como dotado de una palidez fuera de lo común. Pero lo que más me llamó la atención era su mirada que denotaba, aún a esa distancia, una gran tristeza.
No me preguntes cómo sentí esta cualidad de su mirada. Su percepción diría que se impuso a mis sentidos como todo lo que a continuación experimenté.
En eso que estaba mirando hacia el balcón y la mujer, veo que la misma, en un gesto liviano, ligero, casi como si no le significara peso ni esfuerzo, se retrepó sobre el borde de la balaustrada, parándose un instante en la misma, para luego arrojarse al vacío, con las manos hacia adelante, como queriendo asir con ellas algo o alguien, más allá de sí misma.
Corrí desesperadamente hasta llegar al pie del balcón, donde presumí había caído la mujer. Nada había allí. Nada que no fuera un rosal, cubierto de rosas de un resplandeciente blanco, que me recordó al instante el tono del vestido de la mujer.
Corrí enloquecido desandando la senda por la que había entrado y en mi carrera, tropecé, sin haberlo visto antes, con un anciano de cabellos muy blancos, que venía en sentido contrario.
Como pude, le relaté todo lo que había visto. Me miró profundamente a los ojos y de los suyos, comenzaron a rodar por sus mejillas, lágrimas que no quiso disimular ni enjugar.
Me relató que allí, hacía de esto mucho tiempo, había vivido una joven: Eloísa, enamorada de André, quien había construido para ambos ese pabellón.
_Yo vuelvo cada 14 de abril, como le había prometido a ella_ me dijo el anciano, riego el blanco rosal y beso sus rosas.
Le pregunté quién era y me contestó:
_¿Cómo? ¿Aún no lo sabe? Mi nombre es André.

EL CERRO

Autor: Alfredo R. MORS - CONCEPCION - TUCUMÁN

Crucé el cerro entre nubes
y junto a misteriosas frondas,
ellas disfrazan con sombras,
fantasmales siluetas de árboles.

Alfombra de algodón se extiende
a los pies, cubriendo colinas,
por no develar el guardado secreto,
de quebradas y valles profundos.

Y arriba, en lo más alto,
un rayo de sol hiende la tarde,
reflejando en mil gotas de esa bruma,
los colores de un arco que se extiende.

Anticipo de sol, calor y color
reflejado en paleta alucinada,
que pinta del ocaso a la alborada
con pinceles que vuelan con fragor.

El camino serpentea en la trepada,
hasta el punto del estrecho mirador,
donde la vista se pierde en derredor
dejando el alma y la vida extasiada.

lunes, 8 de febrero de 2010

TIEMPO Y ARENA

AUTOR: Alfredo MORS - Córdoba - ARGENTINA

Si tuviera tan sólo un instante
si de mi tiempo no quedara
ni un solo grano de arena
por caer y pasar
de una ampolla a la otra
de aquel viejo reloj.
Si estuviera por detenerse
el viento o la brisa
y ya sin tanta prisa
estuviera llegando mi fin,
una sola cosa quisiera
y es poder vivir la quimera
de reencontrarme con quienes quise
y ya nada quieren de mi,
pero fundamentalmente que Tú,
Sí, sólo Tú,
Amor de un tiempo presente
Amor de un tiempo que soñé futuro,
fueras quien tuviera el duro
encargo de cerrar mis ojos,
de plegar mis manos
sobre el corazón que un día
se agitó y vibró por Ti.
A nadie digas quien eres
ni porqué estás allí.
Tú sabes cuento te quise,
nuestro camino fue y es
sólo eso: nuestro y camino.
También sabes cuanto te quiero
lo que no se si comprendes,
es cuanto aún después, te querré.
El tiempo es sólo eso.
Lo medimos como edad,
o distancia entre las edades,
sin ver que las mocedades,
son estados que refleja el alma.
El tiempo, nuestro tiempo,
quiso frenar el intento,
de expresarnos como el viento
desatando un torbellino
que juntara los granos
de las arenas de nuestros tiempos
de un modo tal,
que sea imposible distinguir
la blancura de tus playas,
o el perfil de tus dunas,
de aquellos pedruscos que un día,
comenzaste a pulir con amor.



miércoles, 6 de enero de 2010

SENTIRES (cuento)

AUTOR: Alfredo MORS - Córdoba - ARGENTINA
Cuento seleccionado en el "!º Certámen de Relatos "BREVISIMO" del centro de Jubilados de Prensa de Córdoba- 31 Marzo 2009.
Pasaste de nuevo frente a mí. No sé si registraste mi presencia allí como tantas tardes en que sé, te diriges a la Facultad de Artes. Yo estaba como siempre, a la entrada de la céntrica galería. Esa por la que pasas tantas veces.
Te conozco sobradamente aún cuando quizás no lo creas posible. Es más, el rumor de tus pasos, aproximándose, largos, seguros, lo percibo y distingo de otros de inmediato. Entonces espero. Hago una pausa en la canción que intento ejecutar en la vieja armónica y te espero. Sé que sólo un instante nos separa del encuentro que imagino próximo y a la vez tan distante. Es que el mismo durará lo que permita tu prisa del día.
Una nota más quiero extraer de la armónica. Así, segura y armónica, en cada paso que das te aproximas y es quizás con algo de ironía, que quiero acompasar mi canción al ritmo de tu caminar.
Enseguida, el signo que distingue tu presencia se hace patente en mí. Es una percepción profunda, sutil, que todo lo inunda y persiste, como una esencia que, al menos por un momento más, prolonga tu cercanía.
Es éste un perfume de las más exquisitas fragancias. Aroma que te delata y muestra única, separada, como elegida e inigualable a nada conocido.
En el movimiento del aire que desplazas al caminar y que percibo como suave brisa o caricia de niña enamorada, adivino la esbeltez de tu figura.
Pasas a mi lado y aunque no lo creas, siento en mi rostro, la sombra de tus cabellos, movidos por suave brisa de otoño.
Otras veces te siento acompañada y adivino una compañera o quizás, una amiga que va contigo. Es allí cuando registré, más de una vez, tu cantarina voz, tu risa sonora…
Te siento de mil formas distintas. Adivino a lo lejos y compruebo cuando pasas frente a mí, hasta como estás vestida ese día. Como hoy, cuando con botas de fino cuero, pantalones, una blusa y una campera tejida, echada sobre los hombros, pasaste como paseando.
Te conozco y a la vez te imagino de mil formas diferentes. Es que aún cuando te sentí tan cerca tantas veces, hay detalles en ti que no puedo o no encuentro palabras, entre las que conozco y comprendo, también por mi experiencia, para explicar cabalmente mi percepción. Entre ellas, el indescriptible, al menos para mí, color de tus ojos o el brillo de tu cabello, que siento el más bello, quizás semejante a las alas del mirlo, cuyo canto alegra mis horas.
Cómo y con qué comparar el color de tus labios o del brillo con que adornas las uñas de tus manos. Esas que mueves como alas de mariposas en vuelo, cuando pasas conversando animadamente a mi lado.
Te preguntarás en donde reside mi dificultad para delinear, con mayor detalle, esta particular percepción de tus colores, aún cuando los intuyo como ricamente armoniosos.
Es que no sé si coincidiríamos en nuestro modo de describirlos, ya sea por tu sensibilidad a sus múltiples modos de expresión o sus variados tonos, que presiento, combinas hábilmente en tus creaciones visuales o quizás simplemente sea que desde siempre, me conocen aquí como “El Ciego”.

CITA PARA TRES (poesía)






Autor: Miguel VALLE - Ciudad de Córdoba - ARGENTINA






Hoy no será, como un día más,
en el cual despertar, sea dejar de soñar,
porque hoy tu vendrás, en visita fugaz
y harás de mis sueños, la cruel realidad.
¿Qué será, qué será?, que no puedo escapar,
de tu hechizo tenaz, de mi suerte fatal,
porque hoy tu vendrás, cual gaviota que al mar
se le acerca, lo besa y más pronto se va.

Hoy tu vendrás, y yo estaré,
y la distancia estará también,
y jugaremos entre los tres,
a ser los ojos que no se ven.
Hoy tu vendrás, sonreiré,
y la distancia hará el café,
será el más negro que yo veré,
y el más amargo que probaré.

Hoy tu vendrás, ¿y para qué?,
si mis manos no alcanzarán,
de esa tu piel, la calidez,
tan peligrosa como el volcán.
Ni de tu nombre tengo el placer,
Y solo me queda el adivinar:
¿qué bellas letras serán tal vez,
las que mi pecho quiere gritar?.

Hoy no será, como un día más,
Aunque el sol brillará y la luna saldrá,
éstos nunca podrán ver el fondo del mar,
porque solo iluminan lo superficial.
Hoy no será, solo un día más,
será un día especial, un encuentro genial,
la distancia estará, como siempre puntual,
y yo haré tonterías, porque hoy tu vendrás.

BORBOTONES (impresiones)

AUTOR: Alfredo MORS - Córdoba -ARGENTINA
Para Eugenia que lo pidió...
A borbotones llegan las palabras que escapan, fluyendo como sangre de una herida abierta, pulsar violento de antiguas y presentes angustias contenidas.
Palabras que expresan sentimientos no siempre bien definidos, pero presentes y reales al fin.
¿A quien dirigir la palabra que brota libremente, en un tiempo de nuevo alumbramiento, cuando ya los canales de antiguas comunicaciones, puentes, senderos y caminos se han cerrado? ¿Alguna vez encontrarás la senda perdida, palabra que hoy aquí brota?
Necesidad contenida que pugna ardiente por salir a la luz, aún cuando su destino solo tiene la certidumbre de lo indefinido.
¿Destinatario? Quizá Vos, que me lees y puedes ver y entrever, en estas pequeñeces, algo del fragor y la pasión contenidas, que tratan de escapar y expresarse.
¡Oh palabra! Don concedido de expresión destinado a una comunicación no siempre posible.
Hubo un tiempo de tiempos compartidos en el que el borbotón de pequeños borbotones, era la culminación de expresiones de amor.
Pasó el tiempo de la angustia contenida, de la lágrima que brota sin que la llames: quemante, ardiente, lacerante, pero reparadora al fin.
Hay un tiempo nuevo. Como rayo de luz que se cuela en una ventana apenas entreabierta, aparece una perspectiva apenas entrevista, pero que quizá con golpes, andares y desandares, pasos y retrasos, aperturas y cerrazones, permitirá encarar una nueva realidad de esperanza renovada.

MI NEGRA (cuento)

AUTOR: Alfredo MORS - Córdoba - ARGENTINA

Al principio no la había visto. Es más, ni siquiera sabía que pudiera existir algo así, al punto que incursioné, quizá tontamente, con otras que no terminaban de satisfacerme.
Era como si no hubiera con éstas, esa extraña compatibilidad que pocas veces se da. Algo siempre quedaba como desajustado, o muy grande o muy chico. No sé...
Hasta que la vi. De entrada fue como un sutil flechazo. Había estado un tanto apartada, como si no quisiera mezclarse con las otras, que venían de haber hecho shopping por largo tiempo.
Estas últimas, vestían con una suerte de prendas tramadas o caladas de una extraña fibra que las cubría, dejando solo a la vista, sus brazos y piernas, por cierto nada desagradables.
Les decía que la vi y allí comenzó un gran enamoramiento. La miré con detenimiento y cabalmente comprendí que sería una compañía casi perfecta. Su estructura sutil, con piernas finamente torneadas y sus pies, enfundados en unas pequeñas zapatillas, que las dejaban ver casi en su totalidad.
¡Y su color! Ébano purísimo. Al punto que se destacaba claramente de las otras que allí estaban
Al instante comprendí que debía procurar, por todos los medios, que fuera solo mía. Presentía que podría darse entre nosotros una especie de compatibilidad total, como si hubiéramos estado hechos el uno para la otra y viceversa.
Me aproximé y de entrada nomás, me aceptó sin palabras en su presencia. Nos aproximamos y allí nomás comenzó un romance, que ahora sé, se prolongaría por un tiempo solo signado por un idilio permanente.
Allí donde yo estaba, me acompañaba como una presencia eterna, donde parecía que una extraña simbiosis se había producido.
Demás está decir que la consideré única e irrepetible.
Degustábamos juntos los más exóticos platos de la cocina local, que parecía era de su preferencia, culminados habitualmente, los sábados, con ese postre especial... ustedes me entienden y luego de una larga noche, un desayuno con café, finos productos de panadería artesanal y jugos de las mejores frutas de estación.
Juntos pasamos largas horas a la luz de la luna en aquel patio, compartiendo el aroma de algún buen cigarro y prolongada charla.
Sus curvas eran perfectas y enseguida lo comprobamos. Fue un encuentro piel a piel, en algo que nos fundía en un encuentro total, donde cada centímetro de ella se me ofrecía generoso hasta unirnos de un modo cabal.
¡Mi negra! Te nombro y vuelven a mí, los más bellos recuerdos de tantos momentos compartidos...
Confieso que el entendimiento era tan profundo, que hasta sentía celos si alguien siquiera te miraba y mucho más si pretendía tener contigo algún acercamiento.
Todo se desarrolló armoniosamente, en un diálogo permanente, hasta aquel fatídico 15 de diciembre.
Como todos los días desde no se cuando, estábamos muy juntos. Nada hacía presentir que nuestra relación pudiera siquiera sufrir el más mínimo deterioro. Hasta que, no se si tu intuición te hizo presentir que yo, tontamente, había mirado a aquella colorada de torneadas piernas, enfundadas en largas botas plateadas.
¡Qué fatalidad! En un instante todo se quebró. Te me escurriste como profundamente dolida, quebrada. Ya no quisiste siquiera tener contacto conmigo.
Me dejaste demudado, vencido, tirado en el piso con toda mi humanidad afectada.
Allí comprendí que nunca más podría tenerte y compartir aquellos momentos que nos vieron juntos y que eran el comentario de tantos.
Para qué seguir. Solo me quedará de ella su bello recuerdo.
Una cosa me resta decirles para despejar toda duda de esta relación que me conmovió:
Mi negra era mi pobre silla plástica adquirida en el súper.
Agradezco especialmente a la Diseñadora Gráfica: Carolina MOINE, Córdoba, por esta imágen para ilustrar el cuento.

lunes, 4 de enero de 2010

FLORES DE VLADY (Cuento)

AUTOR: Alfredo Mors -Córdoba - ARGENTINA
Era tan joven y hermoso que se diría que ni el tiempo ni las edades hubieran pasado para él.
En el pueblo no se conocía el origen de este personaje, que un día apareciera, hacía de esto un tiempo que ya nadie recordaba, pero que se perdía en la desmemoria colectiva.
Lo que a todos estremecía es que parecía como si el tiempo no hubiera pasado para él. Todo su aspecto se mantenía de un mismo modo: su mismo porte, su cabello largo y de un intenso color negro, con brillo natural. La tersura de su piel y su enigmática sonrisa en una boca de finos labios.
Nadie sabía a ciencia cierta cual era su ocupación que le permitía una existencia sin sobresaltos. Sólo se conocía de él, que tenía y cuidaba con esmero, un jardín de exóticas flores, pero no se sabía que comerciara con ellas. Al menos no en el pueblo.
Había sí, ciertos momentos en que desaparecía de los lugares habituales, sin que nadie pudiera precisar donde se encontraba.
Alguien, hacía de esto mucho tiempo, afirmaba que su nombre verdadero era Vladimiro, aunque todos lo conocían por Vlady.
En el pueblo habían ocurrido, desde que se tenía memoria, algunos casos extrañísimos de jóvenes mujeres de quienes nunca más se supo. Algunos afirmaban que, cansadas de la rutina pueblerina, se habían ido a ciudades importantes. Lo extraño era que no se había tenido más noticias. Ni tan sólo un rumor.
Elizabeth tenía 18 años y estaba en el despertar de todos sus sentidos. Como muchas jóvenes antes, miraba con algo más que curiosidad a Vlady, de quien le atraía todo: su porte, su sonrisa, el color de su cabello, etc. pero le intrigaba particularmente esa flor, que no podía describir y que Vlady acostumbraba llevar en su solapa.
Se había propuesto quizás conocer algo del misterioso personaje. Vlady decididamente le gustaba más que cualquiera de los muchachos que conocía.
Caminó hacia la casona donde sabía vivía Vlady, sólo impulsada por su deseo de verlo. En eso que iba de camino, sintió a su espalda un indescriptible perfume a flores que no llegaba a definir.
Se dio vuelta y sólo pudo percibir, casi como si cubriera todo su campo visual, un rostro joven, intensamente joven, como si se renovara permanentemente. El largo cabello negro enmarcaba este juvenil rostro. El resto de la figura iba cubierto con un saco largo, sobre pantalones, todo ello muy negro.
Sólo una nota de color en esta figura, que al momento descubrió como Vlady: una exótica flor, que no conocía, lucía en la solapa de su sacón.
Una amplia sonrisa primero, en el rostro de Vlady, que la hizo fijar la vista en sus ojos de profundo color azul, casi resplandeciente. Luego la sonrisa que cambia, trocándose en una mueca siniestra.
Inmediatamente siente un perfume intenso que la invade, sumiéndola en un sopor e inmovilidad totales. Unas manos de largos dedos, muy blancas, la aprisionan.
En seguida, percibe un intenso brillo metálico en una de esas manos. Un puñal en esas manos. Amenaza, sin pronunciar palabras. Ella quiere pedir ayuda pero no puede articular ningún sonido.
Algo sostiene fuertemente sus manos. Se ve casi arrastrada hacia la casona de Vlady, a cuyas puertas se encontraba, no sabiendo cómo había llegado hasta allí.
Él, en la sala de la casa, quiere besarla. Ella se resiste. Siente que con un agudo filo, desgarran su vestido. Trata de escapar y no puede.
Siente que todo su cuerpo se desgarra. Un instante después, el frío del acero penetrando en su cuerpo y luego un frío que le va ganando, mientras se siente caer en un profundo pozo de sombras y muerte.
Vlady toma el cuerpo ya exánime de Elizabeth y lo traslada hacia el jardín. Allí, al pie de la ventana de su dormitorio, ubicado en la planta alta, cava una fosa y deposita el cuerpo, tapándolo sólo con tierra. Otros cuerpos yacían en ese mismo jardín y le daban su alimento. Finalmente coloca sobre la fosa una planta de rosas trepadoras.
En el pueblo, ya de noche, se desata una investigación policial, ante la desaparición de Elizabeth.
Por testimonios e indicios, habiendo pasado tan sólo 24 horas, encaminan sus pasos hacia la casona de Vlady.
Las puertas del frente están sin llaves, pero nadie sale a atenderles. Un fuerte, intenso, aroma de flores, inunda la estancia principal, especialmente la sala y se propaga y percibe en toda la casa.
Van hacia la planta alta, donde se acrecienta el aroma a flores con mayor intensidad. Entran en el cuarto principal. Sobre una cama, con cobertor de terciopelo oscuro, una figura humana o lo que queda de ella. Vestida con pantalones y un sacón largo y negro, tanto como sus largos cabellos. Un rostro. Viejo, decrépito, con una indescifrable edad. Muerto desde no se puede precisar cuando.
El cadáver está envuelto, como tomado, abrazado, enlazado, entretejido, entre ramas de una enredadera colmada de pequeñas rosas pálidas, de las que emana el profundo aroma de flores.
Estas ramas han penetrado en la alcoba a través de la ventana y provienen del jardín, justo debajo de la misma ventana, desde un sector, con forma de fosa, y con la tierra removida recientemente.

A FEDERICO (poesía)

AUTOR: Alfredo MORS - Córdoba - ARGENTINA
(referido a García Lorca)
Allá lejos y hace tiempo, ayer,
a Federico lo han matado,
muchos dijeron: ya lo han borrado
más cómo pudieron pretender
quitarlo del gran querer
de la España que tanto amaba.
Fue esa saña que todo quemaba
la que quiso así resolver,
y con fuego de fusiles acallar
la voz que no pudieron silenciar,
y que hoy resuena por doquier.
Su sangre impregnó la tierra
y vuelve en nuevo linaje
de los que con gran coraje
son un pueblo que no yerra.
Yerma quedó la sierra,
la flor de su verbo se ha ido,
el verso quedó desvalido
de verdades que él encierra.
Prosa, teatro o poesía
brotaron de esplendorosa pluma,
así su obra hoy es suma,
de una grandiosa armonía.

CARBONCILLO (cuento)

AUTOR: Alfredo MORS - Córdoba - ARGENTINA
Estaba allí encerrado entre madera: un simple carboncillo negro que sólo, nada podría haber sido. Engalanado y a la vez condenado a vivir una vida de prisión de madera laqueada de color, con unas inscripciones que pretendían mostrar, en pocas palabras, letras y números, algo que definiera su esencia.

Él sabía que así, preso entre madera, nada podría declarar ni decir. Sólo quizás lucir entre otros de su misma naturaleza en adornada cartuchera o en un cuenco apropiado a su fin, sobre la pulida superficie de madera de una mesa especial, siempre a mano y disponible para que su dueña, liberara su alma y pudiera entregarse en alguna rima poética.

Él trataba de destacarse de entre sus iguales, quizás por el color de la laca de su madera, aún cuando supiera que la misma sólo era una cárcel y sostén, para permitirle ser lo que debía ser: un instrumento en manos creativas.

Él quería expresarse. Extinguirse poco a poco en un rasgar continuo de papeles que fueran recibiendo su negra sangre de carbón, para así facilitar la transmisión del mensaje del cual era portador.

Una mano cariñosa lo tomó, miró sus inscripciones pequeñas y decidió que había llegado el momento en que, corriendo sobre blancas superficies, fuera él instrumento entre la mente y el papel. Fue elegido. Alguien lo liberaría poco a poco de su prisión de madera, con cortante herramienta de agudo filo, quitando en cada astilla algo de su cepo, para descubrir. En breve porción, algo de su alma.

Allí aparecía ahora expuesta a la luz, su lanza de carbón. Al fin respondería a su razón de ser.

Primero la madera que lo aprisionaba y con ella él mismo en su interior, fue tomado en un gesto que parecía conocido, entre los dedos de una mano femenina que de él se valdría para contar una historia.

Comenzó así a derramarse gota a gota, punto a punto, trazo a trazo, en una carta amorosa. Su alma iba así quedando adherida al papel, siendo parte del mensaje, sin ser él, pero sabiendo que así cumplía con su fin último.

Allí comprendió que nunca más volvería a su prisión de madera y su esencia quedaría, por siempre, ligada indisolublemente a ese particular mensaje.

La mente, el brazo, la mano y los dedos, presionando y guiando suavemente la madera que lo aprisionaba, habían dado vida al carboncillo.

Hoy había alcanzado al fin la madurez de su ser. Hoy podía definitivamente denominarse lápiz.

SOMBRAS (poesía)

AUTOR: Alfredo MORS - Córdoba - ARGENTINA
Trocaste en sombras tu mirada
encerrando en silencio el reproche,
se escondió el sol, vino la noche,
toda pasión, quedó al fin olvidada.

Cubrió tu rostro una nube
con sombras de melancolía,
ya no refleja aquella alegría
que del corazón, a la razón sube.

TABACOS ENCENDIDOS (cuento)

AUTOR: Alfredo MORS - Córdoba - ARGENTINA
El trozo de madera había estado allí durante mucho tiempo, Retazo vaya a saber que partida que se usó para construir algún mueble de estilo, en el taller de carpintería. No era grande ni pequeño. Apenas un poco más que un taco o despunte de un puntal.

De pronto había adquirido importancia. Lo tomé entre mis manos y lo deposité sobre el banco de carpintería. No tenía previsto realizar con el mismo ningún trabajo, ni cumplir con ningún encargo particular.

Empecé a contemplarlo con detenimiento. Me llamó la atención lo intrincado de su veta irregular, con infinidad de pequeños nudos, el color rojizo de sus fibras. Empecé a imaginar que hacer con el mismo.

Busqué algunas herramientas: formones, gubias, alguna sierra de arco pequeña y las fui disponiendo para tenerlas a mano.

Tomé el trozo de madera y lo dispuse en la prensa de madera del banco de carpintero. Comencé a hacer algunos cortes y acompañando los mismos empecé a percibir, que junto con el aserrín que se generaba, se desprendía un aroma de resinas contenidas que inundaron, como suave bálsamo, la quietud del taller.

Continué quitando partes de esa, por ahora informe estructura de madera y la forma comenzó a imponerse por sí misma. Allí estaba aprisionada y pedía ser liberada. La labor estaba definida. El cuenco para poner el tabaco ya podía considerarse una adecuada cazoleta y también empezaba a definir el cilindro destinado a conectarse con una boquilla negra.

Comencé el delicado trabajo de pulir las superficies que habían quedado expuestas y con esta labor, se evidenció toda la belleza de la intrincada veta, con dibujos como pequeños puntos o nudos que semejaban flores. Pulí cada segmento de la pequeña pieza y cada tanto, la tomaba en mi mano, como si hubiera estado destinada desde siempre a estar allí.

Decidí aplicarle un lustre casi mate, con muy poco brillo, a fin de permitir que la madera expresara toda su belleza natural, al par que permitiera percibir su calidez.

Ajusté una boquilla que ya tenía y la contemplé: había completado la pequeña obra. Era uno de esos objetos pensados y logrados para darme un doble gusto: hacerlo y luego disfrutarlo.

Comencé a usarlo del modo que había aprendido en experiencias anteriores: coloqué una pequeña cantidad de tabaco de la mezcla que más apetecía y encendiendo un fósforo de madera, comencé a degustar el sabor del tabaco, mientras de la pipa, pues de ese objeto se trataba, iban elevándose unas volutas de humo blanquecino de formas indefinidas.

Estaba sentado en el mismo taller, en un sillón de madera que nunca nadie retiró y que había adoptado para mí, quizá por su rusticidad o la comodidad de sus formas y en el que podía sentarme, sin cuidado, con la misma ropa de trabajo, habitualmente cubierta de fino aserrín que se adhería a su tela.

El humo que se iba generando y quizá la mezcla elegida de tabacos, me fue induciendo una especie de sueño, en el que el calor de la madera entre mis dedos, acompañaba la calidez de algunos recuerdos que comenzaban a acudir.

La tranquilidad del momento, inducida por la pausa que me permitía, me llevó a contemplar a mi alrededor y fijar la vista, especialmente, en la pila de astillas y virutas de madera que se habían ido acumulando como resultado de horas de trabajo.

La forma de estos retazos aparentemente nada decía en sí misma, hasta que empecé a relacionar algunas de las formas, de modo que comencé a ver en aquellas volutas y curvas de las virutas de madera, algo que me hizo recordar aquellos rizos castaños, que adornaban la suavidad de sus rasgos. Entonces el humo se transformó en figura, la figura en rostro y el rostro en Ella. ¿Para que decir su nombre si lo llevo grabado en mi memoria de modo imborrable? Su misma sonrisa que dejaba entrever la perfección de sus dientes y esa chispa que iluminaba su mirada.

¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Por qué hoy volvía a mí con esta figura de juventud? Unas breves vacaciones en las sierras. Una cabaña rentada por días. Apenas una comida preparada para agasajarla. Aún percibo esos condimentos suavemente mezclados. Un vino elegido para la ocasión y degustado con placer. El fuego en el hogar. Otro aroma de maderas, esta vez consumiéndose. Sólo nosotros dos, sobre la alfombra a la que habíamos arrojado unos almohadones sueltos, para estar más cerca del fuego. Las llamas trazando mil distintos dibujos.

Su boca que se entreabre. Sus ojos tiernamente me miran anhelantes. Nuestras manos en suaves caricias. Las bocas se juntan en interminable beso. Nos buscamos de mil modos, recorriéndonos, sintiendo que a cada caricia va creciendo el deseo. Nos revelamos totalmente. Nuestros cuerpos se funden en un abrazo total. El goce. Todo estalla en un instante brevísimo y a la vez eterno de placer. Mil chispas de colores de ese fuego interior que nos quemaba, explotan a un mismo tiempo.

Sus rizos castaños desparramados sobre uno de los almohadones. Yacemos juntos, dueños del tiempo. El fuego se ha consumido, quedan sólo tizones rojos que brillan en la oscuridad.

Un pequeño brillo rojo en el fondo de una cazoleta de madera en mi mano. Un quemarse de tabacos, con su particular aroma, que se va extinguiendo. Quietud en el taller de carpintería. Quizá un nuevo fuego de tabacos encendidos vuelva a traerme su presencia...

APRISIONADA (cuento)

AUTOR: Alfredo MORS - Córdoba - ARGENTINA
Caminaba por la galería que circundaba uno de los varios patios de la construcción, a la que daban las puertas de pequeñas habitaciones que antes, hasta no hace mucho tiempo, habían estado destinadas a celdas de la cárcel de mujeres hoy vacía y que están dedicadas a paseo público en un coqueto barrio, casi céntrico.
La historia que voy a contar, me fue manifestada sin preguntar y sin ser el resultado de información revelada en ningún tipo de entrevista, más bien me fue develada: se impuso a mi entendimiento con esas presencias, que no se sabe como, van contando la historia.
Creí que el uso de aquellos muros, rejas y puertas ya había cambiado y nada quedaría de su anterior destino, hasta que comencé a percibir sonidos que no sabía de donde provenían.
Un llanto casi contenido, como mitigado por pudor o quizás por estar refugiado contra una almohada casi húmeda por las lágrimas, se sentía de forma nítida. No era un llanto violento, sino que me di cuenta, era el producto de una angustia no contenida y que explotaba del único modo posible, en aquella soledad vigilada. Provenía de detrás de una de las puertas, que sabía habían pertenecido a una de las tantas habitaciones pequeñas, que se usaron como celdas en ese complejo edificio, salvo que ahora, por esas raras circunstancias y características de algunos de éstos, retenía entre sus muros esos sonidos de la memoria y que hoy se están revelando.
No me atreví a abrir la puerta que guardaba aquel sonido. Continué mi caminar por esa galería y llegué a un extremo de la misma. Doblando un codo vi otra puerta pequeña que estaba entreabierta. Pasé a través de la misma y entonces sentí vivamente que algo o alguien comenzaba a hacerme compañía de un modo casi sensible, como si quisiera, sin decirlo, transformarse en mi guía o algo más. Entonces vi que ante mí se extendía hacia abajo una recta escalera de varios peldaños recubiertos de desgastados mármoles blancos, quizás producto de su intenso uso en otra época.
No sabía que la construcción tuviera sótanos, ya que en la guía de los nuevos espacios que se ofrecía a los visitantes, nada se decía de ellos.
Una voz en mi interior me decía en ese momento que me atreviera a bajar esa escalera, porque debía conocer toda la historia. Así lo hice y desemboqué en un ángulo formado por dos corredores angostos que se extendían en direcciones opuestas.
Opté por seguir lo que sentía se me indicaba, tomando el pasillo de la derecha. Estaba tenuemente iluminado, por una especie de ventanas ubicadas muy por encima del plano de las miradas y de muy pequeño tamaño.
A uno de los lados de este corredor, se extendía una sucesión de puertas de gruesa madera, solo abiertas en una pequeña ventanilla alta, cerrada del lado exterior, por un postigo, también de madera.
La parte inferior de la puerta, se hallaba ligeramente separada del piso, en una abertura a todo lo ancho de la misma y que sólo permitía el paso de algún objeto, casi plano, pero ni siquiera asomarse o mirar afuera.
Abrí la puerta que tenía ante mi vista y entré en la pequeña celda, sólo iluminada por una pequeña ventana, con reja de barrotes de hierro, ubicada a una altura inalcanzable para la mano.
Unas manos que no podía ver, aprisionaron las mías a la espalda. Quise defenderme. En ese instante, vino sin ser anunciado, un fuerte golpe en la boca del estómago. Me doblé en dos y casi me hace perder el sentido. No veía a nadie. El dolor me atenaceaba fuertemente. Sentía unas profundas nauseas. Vino otro golpe, esta vez dirigido a mi cabeza, con algo, como revestido de goma dura.
No sé cuanto tiempo pasó. Estaba desnudo y tirado de espaldas sobre un elástico de cama metálico, sin ninguna cobertura. Tenía las muñecas tomadas con algo como grilletes que las mantenían separadas y unidas a los hierros de la cama.
No se percibía luz por la abertura que hacía las veces de ventana. Ignoro cuanto tiempo había pasado. En eso siento un sonido como de pasos que se aproximaban y alguien próximo, como desde otra habitación, que grita: ¡Soy Claudia L.! ¡Soy Claudia L.!, acordate de mi nombre.
En eso se oye una voz que grita: ¡Silencio putas de mierda o las cago matando aquí mismo!
Siento que se abre una puerta cerca. Un golpe contra un cuerpo. Inconfundible. Quizá a la rastra, sacan a alguien. No puedo saber quien es. Sólo se escuchan sonidos indefinibles: pasos, un cerrar de puerta, llaves, un arrastre y luego: nada. Silencio y más silencio. Quise gritar y no pude articular ningún sonido. Aún sentía un fuerte dolor.
Luego alguien o algo volvió en la oscuridad. De entrada me golpeó todo el cuerpo, con algo que se me antojó como toalla mojada, usada a modo de chicote o azote.
Comenzaron a preguntarme, no se cuentas cosas, de algo que tenía que ver con nombres y situaciones que no reconocí. Sentí como que nada de eso tenía que ver conmigo. Querían que confirmara aparentes datos que tenían. Seguía sin saber qué o quienes estaban conmigo.
Entre un cúmulo de agresiones, de la que los golpes y quemaduras con brasa de algo como cigarrillos, aplicada hasta en los lugares más íntimos de mi cuerpo, eran sólo dolores físicos, empezó el tormento sicológico. Allí me alarmé, porque comenzaron a llamar por su nombre a personas de mi entorno más íntimo, refiriendo datos sobre sus actividades y movimientos diarios, con horarios, contactos y circunstancias que ni yo mismo recordaba con tanto detalle.
Allí estaban en la lista, mi madre, mis hermanos, mi esposa y lo peor de todo: mis propios hijos y hasta el nombre de sus amigos.
Comprendí en ese instante, que hasta el producto de nuestro amor, en manos de un sádico, es un arma terrible y puede ser utilizado en nuestra contra.
En algún momento, perdí el sentido y caí en un profundo sueño.
No se cuento tiempo pasó. De pronto empiezo a sentir como una música suave, que se filtra a través de alguna ventana alta.
Abrí los ojos. Me encontraba vestido como al comienzo de esta historia. Estaba sentado en el piso de un corredor, en el sótano de la misma construcción. Frente a mí había una puerta de gruesa madera, con una mirilla alta, cerrada por un pequeño postigo, también de madera.
Me incorporé. Seguía sintiendo la suave música.
Caminé y llegué a un cruce de corredores, a cuyo lado vi que salía hacia arriba, una escalera con peldaños de mármol desgastado.
Subí por allí. Llegué a una galería que daba a un patio que ahora vi estaba cubierto de mesas de bar, con bellas sombrillas de madera, con telas claras, a las que estaban sentadas varias personas, que me vieron pasar, casi con indiferencia.
Continué caminando y la música se oía con mayor intensidad. Salí al exterior del edificio y entonces comprendí todo. No sentía ya, ningún dolor en el cuerpo.
En la fuente principal, un danzar de aguas proyectadas rítmicamente al compás de la suave música, daba un espectáculo de sonido, luz y color. La historia de las historias, corría así una nueva página y no todos la conocían.

Agradezco especialmente a:

Carolina MOINE - Diseñadora Gráfica-Córdoba-Capital,

por haberme aportado esta imágen, que es su interpretación de este cuento.